Tres años, dos economías: lo que mide la encuesta
El 9 de octubre de 2026 la Reserva Federal publicó los resultados de su Encuesta de Finanzas del Consumidor de 2025, el estudio trienal que sigue siendo la lectura más detallada de lo que las familias estadounidenses poseen, deben, ganan y gastan, y el primero desde la encuesta de 2022 [1]. Dos pares de cifras de su primera página describen esos tres años mejor que cualquier comentario. El ingreso familiar mediano real subió 7 por ciento, hasta 82.200 dólares, mientras el ingreso familiar promedio real cayó 6 por ciento, hasta 145.200; el patrimonio neto mediano real subió 2 por ciento, hasta 215.900 dólares, mientras el patrimonio neto promedio real subió 7 por ciento, hasta 1,24 millones [1][2]. Leídos juntos, los pares dicen que en el mismo período los ingresos se acercaron y la riqueza se alejó: la familia típica ganó más en relación con la familia promedio, y la familia promedio se enriqueció más en relación con la típica. Una economía en la que la distribución del ingreso se comprime mientras la distribución de la riqueza se estira no es una economía que avanza a dos velocidades. Son dos economías que conviven en el mismo país, una que vive del salario y otra que vive de los activos, y la encuesta mide la distancia entre ambas con una precisión que ningún dato mensual alcanza.
Este catálogo describió la forma antes de que existieran los datos. La Fragilidad en Forma de K, publicada en febrero, retrató un equilibrio cuyos índices de cabecera transmitían solidez mientras la fragilidad se acumulaba debajo, y La Fractura Silenciosa midió la brecha entre lo que los estadounidenses creen sobre la distribución de la riqueza y lo que registran las cuentas de la propia Reserva Federal. La encuesta cierra el argumento con el balance en la mano. El informe de ingresos de 2025 de la Oficina del Censo, publicado en septiembre, confirma desde otra muestra la pata salarial del patrón: el ingreso mediano de los hogares llegó a 87.460 dólares, el más alto de una serie que comienza en 1967, con un alza de 2,6 por ciento en el año, mientras el coeficiente de Gini se situó en 0,490 sin variación significativa, el ingreso del percentil 90 subió 1,7 por ciento y el del percentil 10 no registró ningún cambio estadísticamente significativo [3]. Lo que sigue lee el balance de los hogares sección por sección: quién gasta, quién es dueño de qué, quién está atrasado, de quién el salario acompañó lo que produce, y qué dice la historia del consentimiento sobre un balance con esta forma.
El decil que gasta: una décima parte de las familias, más de un cuarto del gasto
La encuesta de 2025 incorporó por primera vez preguntas sobre el gasto, y las respuestas explican por qué las cifras agregadas de consumo se mantuvieron tan serenas mientras los hogares que las componen no. Las familias gastaron en promedio 48.700 dólares en los doce meses previos a la encuesta, excluida la vivienda, y la familia mediana gastó 33.700 [2]. Las familias del quintil más bajo del ingreso habitual gastaron 17.600 dólares y explicaron 7,2 por ciento del gasto total; las situadas entre los percentiles 80 y 90 gastaron 68.700; y las del decil más alto gastaron 138.800 dólares cada una, casi el doble del grupo inmediatamente inferior, y concentraron 28,5 por ciento de todo lo que gastaron las familias de la encuesta. Ordenadas por riqueza en lugar de por ingreso, la imagen es la misma: el quinto más bajo gastó 23.400 dólares y el décimo más rico 136.000, o 27,9 por ciento del total [2].
Mark Zandi, economista jefe de Moody's Analytics, describió la dinámica detrás de esas proporciones en una conversación grabada en julio: en los últimos tres años, dijo, el gasto real de consumo creció en torno a 2 por ciento anual, el gasto del 20 por ciento de mayores ingresos creció "cerca de 4%" y el del 80 por ciento restante "cerca de cero", un patrón que calificó sin vacilar de forma de K [4]. Su explicación fue la bolsa. Las Cuentas Financieras Distributivas de la Fed ponen las cifras debajo de la explicación: en el segundo trimestre de 2026 el 1 por ciento más rico de los hogares poseía 32,5 por ciento de todo el patrimonio neto de los hogares, la participación más alta de una serie que comienza en 1989 y que arrancó en 22,8 por ciento; el 10 por ciento más rico poseía 68,9 por ciento; y la mitad menos acaudalada del país poseía 2,3 por ciento, frente a 3,5 por ciento al inicio de la serie [5]. La participación del 1 por ciento subió 0,8 puntos en un solo trimestre, desde 31,7 por ciento, que es lo que un mercado accionario en alza le hace a un balance en el que las acciones pertenecen a un solo grupo.
La estructura importa más que el nivel. Una economía cuyo crecimiento del consumo depende de un decil, cuyo gasto depende del valor de papel de los activos, cuyo valor depende a su vez de un puñado de cotizaciones, ha delegado su estabilidad en ese decil y en ese mercado. Las cifras agregadas se leerán como sólidas exactamente mientras el mercado colabore, y los ocho hogares de cada diez cuyo gasto, según la medida de Zandi, no creció no aparecerán en ellas hasta que el mercado falle.
El cuartil en terreno negativo: mil setecientos dólares en la mediana
Los cuadros de riqueza de la encuesta dividen al país en grupos cuyas experiencias desde 2022 no se parecen entre sí. Entre las familias del cuartil más bajo de patrimonio neto, el patrimonio mediano cayó de 3.800 a 1.700 dólares y el promedio pasó de 5.800 dólares negativos a 4.300 negativos, es decir que la familia promedio del cuarto más bajo de los Estados Unidos debe más de lo que tiene, y así fue en ambas encuestas [2]. Entre las familias del decil más alto de ingreso, el patrimonio neto mediano subió 31 por ciento, hasta 3.669.900 dólares; entre las del decil más alto de riqueza, la mediana pasó de 4.152.700 a 4.935.200 dólares y el promedio alcanzó 8.975.200 [2]. Las familias del quinto más bajo de ingreso vieron caer su patrimonio mediano y promedio 6 y 4 por ciento, mientras las situadas entre los percentiles 40 y 80 ganaron entre 5 y 15 por ciento, un patrón que la Fed contrasta con las ganancias generalizadas de 2019 a 2022 [2]. Las familias menores de 35 años vieron caer su patrimonio neto mediano 23 por ciento, hasta 33.000 dólares [2].
La propiedad de los instrumentos que se capitalizan explica la divergencia. El 8 por ciento de las familias de la mitad inferior de la distribución del ingreso era dueña de una empresa privada en 2025, frente al 40 por ciento de las familias del decil más alto [2]. La tasa de propiedad de la vivienda se mantuvo en 66 por ciento y el valor neto mediano de la vivienda del propietario subió de 218.900 a 230.000 dólares, pero la propia medida de asequibilidad de la encuesta, una vivienda mediana que vale más de 4,5 veces el ingreso familiar mediano, se mantuvo cerca de su mínimo histórico, de modo que la ganancia quedó para quienes ya estaban dentro [1][2]. Un balance que contiene una casa, una empresa y un portafolio cabalgó tres años de inflación de activos hacia arriba. Un balance que contiene un préstamo para el auto, un saldo de tarjeta y un depósito atravesó los mismos tres años de lado o hacia abajo, y la familia mediana del cuartil más bajo los terminó con mil setecientos dólares.
Atrasos: una familia de cada cinco con pagos vencidos
Las páginas más consecuentes de la encuesta no tratan de lo que las familias poseen sino de si pueden pagar. En 2025, 19,6 por ciento de las familias declaró haberse atrasado en el pago de un préstamo durante el año anterior, frente a 12,2 por ciento en 2022, y el propio resumen de la Fed afirma que las familias "tenían más probabilidades de estar atrasadas en sus obligaciones financieras que en cualquier momento desde la encuesta de 2010" [1][2]. La serie de las últimas cinco encuestas marca 14,9, 13,5, 12,3, 12,2 y 19,6 por ciento; la proporción con atrasos de sesenta días o más subió de 4,9 a 8,2 por ciento; y la proporción de familias cuyos pagos de deuda superan el 40 por ciento de su ingreso, el umbral que la Fed reserva para una carga particularmente pesada, subió de 6,5 a 8,6 por ciento, "un nivel visto por última vez en la encuesta de 2013" y el más alto desde 2010 [1][2]. La relación mediana entre pagos de deuda e ingreso subió dos puntos, hasta 15,4 por ciento, y la relación agregada entre deuda e ingreso pasó de 89,4 a 94,9 por ciento, mientras el ratio de apalancamiento, la deuda medida contra los activos, bajó a 26,9 por ciento porque los precios de los activos subieron; los autores de la Fed advierten que las familias "pueden tener dinero inmovilizado en activos ilíquidos que no es fácil de liquidar para financiar deudas" y concluyen que "algunas familias pueden estar cada vez menos en condiciones de atender sus préstamos" [2].
El costo de arrastrar un saldo explica parte de la aritmética. El boletín registra que la tasa de interés promedio de las tarjetas de crédito subió de 14,6 a 21,4 por ciento entre las dos encuestas; 44,7 por ciento de las familias mantenía un saldo de tarjeta después de su último pago, el saldo mediano subió a 3.100 dólares y el promedio subió 19 por ciento, hasta 8.000 [2]. El informe G.19 de la Fed para agosto de 2026 sitúa la tasa sobre las cuentas que pagan intereses en 22,36 por ciento [6]. El 12 por ciento de las familias tenía un saldo en un plan de compre ahora y pague después, frente a 7 por ciento, con un saldo mediano de 400 dólares [2]; la Encuesta de Economía y Decisiones de los Hogares de la propia Fed halló que 16 por ciento de los adultos usó esos planes en 2025 y que a 11 por ciento de esos usuarios un pago le generó un cargo por sobregiro o por fondos insuficientes en su banco [7].
Los datos de los burós de crédito confirman la encuesta. El informe del segundo trimestre de 2026 del Banco de la Reserva Federal de Nueva York registra una deuda de los hogares de 18,8 billones de dólares, saldos de tarjetas por 1,26 billones, 4,7 por ciento de todos los saldos en alguna etapa de atraso y flujos anualizados hacia el atraso grave, de noventa días o más, de 6,97 por ciento en tarjetas y 3,00 por ciento en préstamos para autos, que la asesora de política económica del banco describió como "niveles elevados" que seguirían "monitoreando" [8]; una nota complementaria de Liberty Street Economics concilia las medidas de los burós y las de los prestamistas sobre el deterioro de las tarjetas [9]. La Encuesta de Expectativas del Consumidor del mismo banco agrega la mirada hacia adelante: en septiembre de 2026 los hogares situaron en 12,2 por ciento la probabilidad media de no poder hacer el pago mínimo de una deuda en los tres meses siguientes, en 17,4 por ciento para los hogares con ingresos inferiores a 50.000 dólares frente a 8,3 por ciento por encima de 100.000, y la lectura de diciembre de 2025, 15,3 por ciento, fue la más alta desde abril de 2020; 42 por ciento de los encuestados dijo estar peor que un año antes [10]. Las medidas más amplias de la encuesta de hogares leen igual: 73 por ciento de los adultos dijo estar al menos razonablemente bien en lo financiero, 63 por ciento podía cubrir un gasto imprevisto de 400 dólares con efectivo o su equivalente, frente a 68 por ciento en 2021, y 16 por ciento no había pagado todas sus cuentas del mes anterior [7].
Una línea de ingreso del balance está protegida por fórmula. En octubre la Administración del Seguro Social fijó el ajuste por costo de vida de 2027 en 3,6 por ciento para 76 millones de beneficiarios [11], sobre un informe de precios al consumidor de septiembre que mostró precios 3,7 por ciento más altos que un año antes, con la energía 20,4 por ciento arriba [12]. Las prestaciones indexadas siguen el paso por ley. Los salarios lo siguen solo por negociación, y las secciones que siguen miden cómo fue esa negociación.
Quién es dueño del mercado: nueve décimas del capital accionario en una décima de los hogares
La recuperación desde 2022 fue una recuperación de activos, y la encuesta registra quién tenía los activos. La participación en el mercado accionario, directa e indirecta, cayó de 58 a 56 por ciento de las familias, un retroceso que la Fed atribuye a "las familias fuera del 10 por ciento superior de la distribución del ingreso", mientras la tenencia mediana de quienes seguían teniendo acciones subió 36 por ciento, de 56.900 a 77.400 dólares [1][2]. La participación en planes de retiro se mantuvo cerca de 65 por ciento [1]. Las Cuentas Financieras Distributivas dan el agregado: en el segundo trimestre de 2026 el 1 por ciento más rico de los hogares poseía 50,9 por ciento de las acciones y participaciones en fondos, el 10 por ciento más rico poseía 88,1 por ciento y la mitad menos acaudalada del país poseía 0,6 por ciento; esa misma mitad debía 51,6 por ciento del crédito al consumo, frente a 13,5 por ciento del decil más alto [5]. La cifra redondeada de Zandi, que el 10 por ciento superior "concentra el 90% de esas tenencias accionarias", coincide con el número de la Fed con un margen de dos puntos [4].
La aritmética de los últimos tres años se desprende de esas proporciones. La duplicación del valor de las acciones cotizadas que describe Zandi se acumula casi por entero en la décima parte de los hogares que posee nueve décimas de ellas; un aumento del costo del crédito al consumo recae casi por entero en la mitad de los hogares que debe la mitad de ese crédito. Las dos velocidades no son un accidente del ciclo. Son la consecuencia directa de quién tiene el activo que se valorizó y quién tiene el pasivo que se encareció, y una política que infla los precios de los activos mientras mantiene alto el costo del crédito las reproducirá en cada encuesta siguiente hasta que cambie la propiedad de los activos.
Noventa y cuatro contra treinta y tres: productividad y salarios desde 1979
La pata salarial del balance es la historia más vieja de la serie. El indicador de productividad y salarios del Economic Policy Institute mide la productividad neta y la remuneración por hora del trabajador típico desde una misma base: del cuarto trimestre de 1979 al segundo trimestre de 2026 la productividad subió 93,7 por ciento y la remuneración típica 32,7 por ciento, un promedio anual de 1,4 por ciento contra 0,6 por ciento, donde las tres décadas posteriores a 1948 habían rendido 2,5 por ciento contra 2,1 [13]. La diferencia entre esas dos líneas es la parte del producto del trabajo estadounidense que durante cuarenta y siete años fue a parar a otro lugar que el trabajo estadounidense, y los cuadros de riqueza de arriba muestran adónde fue.
La lectura actual no es más benigna. El Wage Growth Tracker del Banco de la Reserva Federal de Atlanta situó el crecimiento nominal mediano de los salarios en 3,9 por ciento en septiembre de 2026; por cuartil de la distribución salarial, en promedio de doce meses, el cuarto peor pagado de los trabajadores registró 3,4 por ciento, el segundo 4,0, el tercero 3,9 y el más alto 3,8, y quienes permanecieron en su empleo registraron 3,4 por ciento frente a 4,7 de quienes lo cambiaron [14]. Frente a precios al consumidor 3,7 por ciento más altos que un año antes, los salarios del cuartil peor pagado y los del trabajador típico que no cambió de empleo pierden terreno en términos reales [12][14]. El informe de ingresos de la Oficina del Censo registra la misma inclinación en los extremos, una ganancia de 1,7 por ciento en el percentil 90 y ningún cambio significativo en el percentil 10 [3]. La tasa oficial de pobreza bajó a 10,2 por ciento, 34,5 millones de personas, y la medida suplementaria de la Oficina se situó en 13,1 por ciento, con el Seguro Social por sí solo sacando a 28,8 millones de personas por encima de esa línea [15], lo que equivale a decir que el piso bajo la base de la distribución es una transferencia, no un salario.
El sueño que se desvanece: de nueve de cada diez a uno de cada dos
La consecuencia de medio siglo de esa divergencia tiene una medida, y la publicaron en Science en 2017 Raj Chetty y sus colegas bajo el título The Fading American Dream. Comparando el ingreso del hogar de los hijos a los treinta años con el de sus padres a la misma edad, hallaron que la proporción de hijos que ganan más que sus padres cayó de cerca de 90 por ciento para la cohorte nacida en 1940 a 50 por ciento para las nacidas en los años ochenta, y de 95 a 41 por ciento cuando se compara a los hijos varones con sus padres [16]. Su descomposición es la parte que importa a quien diseña un modelo. Restaurar las tasas de crecimiento de los años cuarenta y cincuenta manteniendo la distribución actual elevaría la movilidad absoluta solo hasta 62 por ciento; mantener el crecimiento actual y restaurar la distribución de los años cuarenta la elevaría hasta 80 por ciento, revirtiendo más de dos tercios de la caída; con la distribución actual, la economía necesitaría un crecimiento real superior al 6 por ciento anual para volver a la movilidad de mediados de siglo [16]. El crecimiento por sí solo no puede reparar el sueño porque una gran fracción del crecimiento va hoy a una pequeña fracción de los hogares. Las familias más jóvenes de la encuesta, cuyo patrimonio neto mediano cayó 23 por ciento en tres años, son la cohorte cuyas probabilidades midió ese estudio [2].
Lo que dice la historia sobre el consentimiento: cuatro niveladores y ningún quinto pacífico
Un balance con esta forma tiene historia, y la historia no tranquiliza. El documento de investigación que sostiene este catálogo, Reform Before Rupture, construye su argumento sobre el estudio de la desigualdad de Walter Scheidel desde la Edad de Piedra hasta el presente, cuyo hallazgo es exacto: "Cuatro clases distintas de rupturas violentas han aplanado la desigualdad: la guerra de movilización masiva, la revolución transformadora, el colapso del Estado y las pandemias letales" [17]. Ninguna reforma pacífica de tamaño comparable aparece en ese registro. El argumento del documento es que la concentración en la escala que ahora se registra erosiona el crecimiento, el crédito y el consentimiento político de los que dependen los propios retornos del capital, y la encuesta aporta las mediciones que ese argumento necesita: una mitad inferior con 2,3 por ciento del patrimonio neto y la mitad del crédito al consumo, un percentil superior con un tercio del patrimonio neto y la mitad de las acciones cotizadas, y una familia de cada cinco atrasada en sus pagos.
Los precedentes que este catálogo ya examinó describen el estado final. La Fractura Silenciosa mostró que los estadounidenses subestiman sistemáticamente cuán concentrada está la riqueza y que elegirían una distribución mucho más plana si se les preguntara; la brecha entre el balance y la creencia es donde el consentimiento se erosiona primero. La Licuación de Cuarenta Billones siguió lo que hace un soberano cuando su aritmética ya no cierra, en Buenos Aires en 1975, 1982, 1989 y 2002 y en Washington en 1933 y 1942, y mostró que la inflación que paga una deuda pública es en sí misma una transferencia desde los hogares que tienen moneda y salario hacia las instituciones que tienen activos y emiten derechos sobre ellos. Un balance a dos velocidades es la condición bajo la cual esa transferencia deja de tolerarse. Ninguno de los precedentes necesitó que una mayoría entendiera el mecanismo. Solo necesitó que suficientes hogares advirtieran que los términos habían cambiado sin su consentimiento, y la encuesta sugiere que a una quinta parte de las familias estadounidenses ese aviso se lo entregó su acreedor.
La lectura SAVI: el mecanismo que mueve la mediana
El modelo que esta firma se compromete a escribir en los términos legales de cada fondo que levante está construido para el balance que describe la encuesta, y su primer principio es el único mecanismo de este catálogo que mueve la mediana en lugar del promedio. Bajo el Principio 1 de The SAVI Capital Model, el cincuenta por ciento de la utilidad neta de una empresa de portafolio se distribuye en efectivo entre todos sus empleados, en partes iguales, separado del salario, codificado en los documentos de gobernanza del fondo y no librado a la discreción de un directorio en cada ciclo. La diferencia entre ese instrumento y cualquier otro remedio en circulación es la línea en la que aterriza. Una bolsa en alza llega a la familia mediana, si llega, como un saldo de retiro que no puede gastar hoy, y a la mitad menos acaudalada del país, que posee 0,6 por ciento de las acciones, no llega en absoluto. Un fondo de utilidades pagado a las personas que trabajan en la empresa llega a la familia del cuartil más bajo como un depósito, y un depósito es el único activo que cancela un saldo de tarjeta al 22 por ciento.
El ejemplo numérico del documento de investigación declara el costo y la escala sin redondear a favor del modelo. Un fondo ilustrativo de 100 millones de dólares cuyas empresas ganan cinco veces su costo devuelve a sus inversores 3,84 veces sus aportes bajo términos convencionales y 2,38 veces bajo el modelo, y en el mismo ejemplo 200 millones de dólares llegan al Fondo de Capital Humano, o 400.000 dólares por empleado de tiempo completo en cinco años con la dotación ilustrativa de quinientas personas del documento [17]. El documento no reclama ningún rendimiento superior para el modelo y dice con claridad que ningún estudio ha puesto a prueba todavía un reparto de la mitad de la utilidad. Póngase la ilustración junto a la encuesta: un patrimonio neto familiar mediano de 215.900 dólares, una mediana de 1.700 dólares en el cuartil más bajo, un saldo de tarjeta mediano de 3.100 dólares. Una distribución de ese orden no mueve el promedio. Traslada al hogar de la segunda economía a la primera, y lo hace a través del balance y no del código tributario, por un término que el inversor firmó y no por una votación del legislador. Los principios restantes completan la estructura: una relación máxima entre la remuneración del director ejecutivo y la del trabajador peor pagado, escrita en el estatuto de cada empresa; la administración responsable como estándar de rendición de cuentas de la gobernanza; y, bajo el Principio 4, el destino de cada dólar por encima de cinco veces los aportes totales de los inversores, medido sobre las distribuciones netas, a The SAVI Ministries Endowment, un término tan vinculante como el retorno preferente.
A la encuesta de 2025 la seguirá la de 2028, y la forma de ese balance se decide ahora, en los términos con que se levanta el capital. El consentimiento en una economía de mercado no es un sentimiento sino una función del balance, de quién es dueño del activo que se valoriza y quién debe el pasivo que se encarece, y el balance es una decisión de diseño. Las dos velocidades son un diseño. El modelo es el otro.